Una jartá de pamplinas...

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jueves, abril 20, 2006

Un sueño...

Voy por la ciudad. Es una noche tranquila, y al final de mi camino espero encontrar a los amigos.

Es una noche de fiesta, aunque no hay nada especial que celebrar. Quizá sólo la llegada de un fin de semana, un descanso merecido y el poder pasar un rato de diversión en compañía. La avenida bulle de gente. Todos los locales están llenos, y las terrazas de los bares están a rebosar. En la otra acera, las facultades observan desde sus oscuras ventanas, desde las aulas vacías.

Se me hace largo el camino. Parece que no voy a llegar nunca. Espero no llegar tarde, no me gustaría que se marcharan sin mí a otro sitio. Además, sé que estará ella.

Por fin he llegado. Algunos ya están allí, pero aún queda gente por venir. Y ella todavía no ha llegado.

Una compañera, no recuerdo su nombre, me pide algo. Le duele la cabeza, y me pregunta si puedo ir a comprarle aspirinas. Hay una farmacia de guardia a la vuelta de la esquina. Cómo no, le digo. Y me pongo en camino. Creo que aún es temprano, y no me importa hacerle el favor a la muchacha.

Y otra vez la misma sensación. El recorrido hasta la farmacia se me hace eterno. La avenida está cada vez más desierta, más oscura. Camino entre los soportales. Hay un algo fantasmagórico que se va adueñando del ambiente, mezclándose más y más con la misma esencia de la realidad. No estoy cómodo, siento que esta noche no va a ser una buena noche, al fin y al cabo.

La farmacia es un sitio extrañamente silencioso. Si es que se le puede llamar farmacia. Es extraño, todo es verdoso, y una luz mortecina inunda el local. La calle afuera está desierta, pero este silencio es más denso. No es natural. Es opresivo, casi doloroso. Y el sólo pensamiento de abrir la boca para pedir las pastillas me hace estremecerme ante la sensación de que mi voz no será lo bastante fuerte como para mover el aire quieto. Al final hablo. El boticario es un hombre arrugado, de pelo blanco peinado hacia atrás y grandes entradas. Me mira con sus ojos profundos, hundidos, ojerosos. Me habla en susurros.

Vuelvo a la calle. No sé dónde estoy. Me muevo entre callejuelas. Cada vez todo está más oscuro. Entro por un camino, me adentro en un parque. No sé adónde voy. Espero salir a algún sitio.

Al final salgo de allí. Tras el parque una calle. Y una calleja. Y por fin, una avenida. Hay mucha gente. Tengo que encontrar al grupo. Pero la gente me para. Me preguntan por una dirección. Les explico cómo llegar. Cada vez estoy más seguro de que no encontraré a mis amigos.

Camino por la avenida, cuesta arriba. La cuesta es bastante empinada. Cada cierto tiempo hay bocacalles, y siempre el semáforo está en rojo.

Allí les veo. Y allí está ella. Me voy acercando, pero ellos se alejan cada vez más.

Y por fin, me han visto.

Y se vuelven. Y les pierdo de vista.

Y la pierdo de vista.

Y no sé qué hacer. No sé dónde estoy. No sé adónde ir. Y busco el camino a casa.

Besitos

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