Una jartá de pamplinas...

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sábado, julio 15, 2006

Instinto animal...

En mi casa siempre han entrado bichos de lo más diverso. Desde gorriones, pasando por gatos, palomas... Mi madre siempre se enternece ante un cachorrito abandonado. Así llegó Benito, así llegó Chucha, nuestra anterior gata, y tantos y tantos gorriones que intentamos que salieran adelante, unos con más fortuna que otros.

Quizá lo más extraño que ha pasado por mi casa fueron los vencejos. Llegaron un día de verano entrante. Habían anidado en la persiana de una prima mía, y al bajarla el nido quedó destruído y la madre muerta. Y como quien sacaba adelante a las crías era mi madre, vinieron a casa.

Eran tres. Dos eran visiblemente mayores, y el otro parecía bastante más débil. Se pasaron la primera noche chillando, gimiendo, suspirando con silbidos agudos. Se adivinaba un miedo en esos ojillos oscuros sobre esa diminuta cara aguileña. Y no comían.

Pasó el primer día y seguían sin comer. Estos pájaros comen lo que llaman plancton aéreo, esto es, minúsculos insectos voladores. Estaban en un piso, en una vivienda humana, los vencejos, las aves más aéreas que existen, fuera de su medio, y no sabíamos qué darles de comer. Quizá llevaran más de un día en ayunas.

Y entonces llegó la idea. Por aquella época, yo estaba intentando ponerme algo más fuerte. Nunca he sido un chico demasiado musculoso, y bueno, mediante muchas horas de gimnasio por lo menos conseguí no estar tan canijo. Para ayudarme un poco tenía alguno de estos botes enormes de suplementos de proteínas que toman los que quieren desarrollar músculos. Y eso fue lo que le dimos a los vencejos. Ya que no querían comer, ya que sólo tragaban una gota en el mejor de los casos, al menos esa gota iba a ir concentrada.

Se ve que les sentó bien. Al día siguiente empezaron a comer ya con una cierta confianza. Fue un alivio. Y en los días siguientes, quizá instintivamente, empezaron a desarrollar sus habilidades.

Al principio se contentaban con trepar por el respaldo del sofá. Con las alas extendidas iban haciendo carreras, escalando hasta lo más alto. Luego iban haciendo algún vuelo de prueba, pero en el confinamiento de una habitación siempre terminaban aferrándose a las cortinas.

Estas sesiones de entrenamiento eran un tanto arriesgadas. Procurábamos tener a nuestra perra lejos de ellos, pero siempre mostraba una notable curiosidad. A veces olisqueaba esa caja dentro de la cual algún bicho extraño gemía y suspiraba con voz chillona.

Pasaron los días, y los vencejos no quisieron comer más. Y no sabíamos por qué. Sin saber muy bien qué hacer, los sacamos a la terraza, y los pusimos en la barandilla. Y cuando se vieron allí, saltaron. Primero uno. Lo seguimos con la mirada, los ojos como platos, mientras veíamos cómo se precipitaba al vacío. Y cuando lo veíamos ya estrellado, remontó el vuelo, dio un par de vueltas, y se fue... El segundo le siguió ese mismo día. Y el tercero un par de días más tarde.

En la azotea de mi edificio, por la parte de fuera, se puede ver por las mañanas, muy temprano, una muchedumbre de vencejos, colgados de la fachada. Ahora se suelta uno, vuela un rato y vuelve. Pero a una hora concreta, se oye una voz, y todos se dispersan hasta el día siguiente. Supongo que es imposible saber si nuestros tres vencejos se habrán posado allí en los años siguientes...

Un besito

1 Comentarios:

  • El 7/17/2006 1:40 p. m., se hizo el silencio, y Blogger Mercedes profirió…

    ¡Qué historia más bonita! En mi casa pasa lo mismo, menos gatos, hemos tenido de todo: gorriones, patos, pollitos, tortugas, canarios, jilgeros y desde hace unos tres añitos una perrita, mi Dori, que es la cosa más adorable del mundo.

    Seguro que tus vencejos supieron apañárselas muy bien, esos animales no están tan acostumbrados a las personas como para perder sus instintos y tampoco pasaron con vosotros tanto tiempo. ;)

    ¡Ay! Todas estas historias me ponen tiennnnna.

     

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